Presentación de la traducción española de la Introducción y el capítulo 1 de The Forgotten Kingdom, de Israel Finkelstein
En la primera mitad del siglo VIII a. e. c., el reino de Israel ocupaba la mayor parte del territorio de los dos reinos hebreos y reunía, según la estimación utilizada por Israel Finkelstein, alrededor de tres cuartas partes de su población conjunta. En determinados períodos de los siglos IX y VIII, su capacidad militar y económica superó a la de Judá y ejerció dominio sobre el reino meridional. Sin embargo, la narración sobre ese pasado que terminó integrada en la Biblia hebrea fue compuesta y transmitida, en gran medida, desde una perspectiva judaíta. La desigualdad entre el peso histórico del Norte y el espacio que ocupa en el relato conservado constituye la paradoja con la que se abre The Forgotten Kingdom (Finkelstein 2013, Introducción; Broshi y Finkelstein 1992).
La pregunta que se sigue de esta constatación no es si la Biblia «dice la verdad» en bloque, sino cómo reconstruir la trayectoria de un reino cuando buena parte de la memoria escrita disponible pasó por los intereses políticos, religiosos y territoriales de otro. El programa que se desprende de la Introducción exige estudiar las condiciones de producción y transmisión de los textos, contrastar sus datos con otras fuentes y atender a lo que el registro arqueológico permite reconstruir. Esa tarea incluye ciudades, aldeas, rutas y estratos arqueológicos, además de reyes y episodios literarios.
Beit Ein Sof Academy presenta ahora una traducción académica española de la Introducción y el capítulo 1 de la obra. Se trata de dos textos inseparables para comprender su programa. La Introducción formula el problema historiográfico y explica por qué Finkelstein privilegia la investigación de campo, la cronología arqueológica y los procesos territoriales. El primer capítulo sitúa ese programa en una historia anterior a la monarquía israelita: examina la entidad de Siquem durante el Bronce Tardío, la transformación del sistema de ciudades-estado cananeas y las distintas trayectorias de las tierras altas y los valles durante el Hierro I. Antes de hablar del Reino del Norte como Estado constituido, hay que entender el espacio y las formas de organización que precedieron a su surgimiento.
Por qué un «reino olvidado»
«Olvidado» no significa que Israel haya desaparecido por completo de las fuentes. La Biblia conserva nombres de reyes, tradiciones narrativas y voces proféticas asociadas con el Norte. Tampoco significa que sus yacimientos carezcan de investigación: Finkelstein recuerda las excavaciones de Samaria y de centros como Siquem, Guézer, Meguidó, Jezreel, Jasor y Dan, junto con las prospecciones del territorio rural. El término describe, más bien, una asimetría entre importancia histórica y memoria historiográfica. Israel fue una potencia regional decisiva durante parte de la Edad del Hierro, pero llegó a nosotros, en gran medida, a través de una historia escrita desde Jerusalén (Finkelstein 2013, Introducción, §1).
Para Finkelstein, la Historia Deuteronomista refleja una visión política posterior a la caída del reino septentrional. En ella, la legitimidad del gobierno davídico y del templo de Jerusalén estructura la evaluación de los monarcas del Norte. El tratamiento literario es desigual: algunos reinados se reducen a fórmulas breves mientras que Jeroboam I y Ajab reciben una atención relativamente amplia, de tono negativo. El autor señala que a Omrí se le dedican seis versículos y a Jeroboam II siete, pese al peso que atribuye a ambos en la historia de Israel. Esa desproporción no permite medir directamente su relevancia política mediante el número de líneas bíblicas. Obliga a explicar por qué se seleccionaron unos hechos y se omitieron otros (Finkelstein 2013, Introducción, §1).
La caída de Israel ante Asiria en 720 a. e. c. acentuó el problema de transmisión. Finkelstein considera probable que refugiados israelitas llevaran a Judá tradiciones orales y materiales escritos. Sugiere que algunos textos septentrionales pudieron haberse puesto por escrito en Samaria o Betel durante la primera mitad del siglo VIII. Entre las tradiciones que examina figuran el ciclo de Jacob, el éxodo, relatos de Jueces, tradiciones favorables a Saúl, las narraciones de Elías y Eliseo y las voces de Oseas y Amós. La llegada, incorporación y reelaboración de esos materiales no se presenta como una cadena documental plenamente verificable en cada eslabón. Es una reconstrucción histórica que combina indicios textuales, cronológicos y demográficos (Finkelstein 2013, Introducción, §1; Fleming 2012).
| Inglés | Traducción adoptada | Criterio |
|---|---|---|
| Judahite | judaíta | Relativo al reino de Judá, su cultura o su perspectiva política. |
| Judean | judeo | Designación geográfica en la distinción explícita de la nota del autor; «Judea» para el topónimo. |
| Northern Kingdom | reino del norte / reino septentrional | Denominaciones utilizadas para Israel como entidad política. |
| Southern Kingdom | reino meridional | Denominación de Judá en relación con Israel. |
| ancient Israel | antiguo Israel | Pueblo de la Edad del Hierro del Norte y del Sur en conjunto, según la nota terminológica. |
| two Hebrew kingdoms | dos reinos hebreos | Mantiene la fórmula y su reserva historiográfica expresada por el autor. |
| polity | entidad política / entidad política territorial | Forma usada según el contexto para una organización territorial. |
| Late Bronze Age | Edad del Bronce Tardío / Bronce Tardío | Nombre completo o abreviado de la fase arqueológica. |
| Iron I | Hierro I | Fase arqueológica; «temprano» y «tardío» cuando el texto distingue subfases. |
| highlands | tierras altas | Designación topográfica; en algunos contextos, «región montañosa». |
Historia del Norte, memoria del Sur
La Introducción concede un lugar fundamental a la Biblia hebrea, pero rechaza convertirla en un registro transparente de todos los períodos que narra. Finkelstein sostiene que ciertos pasajes pueden conservar datos genuinos e incluso recuerdos imprecisos del Norte. Propone, por ejemplo, que los redactores de Reyes pudieron disponer de una lista de reyes israelitas con años de reinado y otros datos básicos, cuya información cronológica encuentra apoyo en textos asirios. Al mismo tiempo, pregunta por la distancia entre los hechos descritos y los autores judaítas de época monárquica tardía. Una fuente puede transmitir información valiosa y estar organizada por una perspectiva política definida; ambas condiciones deben examinarse conjuntamente (Finkelstein 2013, Introducción, §1).
En términos metodológicos, conviene distinguir niveles. Los textos bíblicos aportan relatos, genealogías, evaluaciones y posibles memorias. Las fuentes extrabíblicas pueden corroborar nombres o situar relaciones políticas concretas. La arqueología permite seguir asentamientos, edificios, conjuntos cerámicos, destrucciones y cambios en el uso del espacio. La geografía histórica muestra por qué la posición de un valle, una ruta o una región montañosa importa para una entidad territorial. Ninguna clase de fuente resuelve por sí sola todas las preguntas. Su cruce tampoco borra las lagunas: donde no hay textos contemporáneos, una semejanza territorial no prueba por sí misma continuidad institucional.
Esta cautela aparece con claridad en el capítulo 1 cuando Finkelstein aborda Silo. La excavación documentó un nivel de destrucción; las semillas y pasas carbonizadas de ese nivel proporcionan, según las dataciones que cita, una fecha en la segunda mitad del siglo XI a. e. c. Algunos pasajes bíblicos parecen conservar un recuerdo de la devastación del lugar. El autor declara expresamente que no existe prueba arquitectónica directa de un santuario del Hierro I y que los objetos cultuales hallados son insuficientes para demostrar su existencia. Los edificios de almacenamiento y otros indicios permiten plantear una posible función cultual o redistributiva para Silo, pero no demuestran arqueológicamente la existencia del gran santuario que podría sugerir una lectura directa del relato bíblico (Finkelstein 2013, cap. 1, §1.2.1.1; Finkelstein y Piasetzky 2006).
El ejemplo permite precisar la postura metodológica de estos textos. La lectura crítica de la Biblia no equivale a excluirla. Consiste en fechar sus formulaciones, examinar su finalidad, confrontar sus recuerdos con el registro material y formular conclusiones proporcionadas a la evidencia. La arqueología, a su vez, no produce por sí sola el nombre de cada actor ni el motivo de cada incendio. Cuando Finkelstein pasa de un estrato a una hipótesis histórica, el paso debe hacerse visible al lector.
Por qué el capítulo 1 comienza en Siquem
El título completo del primer capítulo anuncia el recorrido: «El escenario: la entidad política de Siquem en el Bronce Tardío y los últimos días de las ciudades-estado cananeas en el Hierro I tardío». Su primera frase justifica el retroceso temporal. Para comprender los procesos de poblamiento y territorio de los siglos posteriores, Finkelstein empieza por el Bronce Tardío II–III y el Hierro I temprano, aproximadamente entre 1350 y 1050 a. e. c. El Bronce Tardío le ofrece un caso comparativo con documentación textual y arqueológica relativamente abundante sobre el crecimiento de una entidad territorial en las tierras altas centrales (Finkelstein 2013, cap. 1, apertura).
Dicho de otro modo, comenzar con Jeroboam I habría supuesto empezar por la figura que la narración bíblica presenta como fundador del reino. Finkelstein plantea una cuestión anterior: bajo qué condiciones una formación asentada en la región montañosa pudo proyectar su poder hacia los valles, articular territorios diversos y relacionarse con centros urbanos. La Siquem del período de Amarna permite observar una respuesta antigua a ese problema, sin convertirla en el mismo Estado que aparecerá siglos después.
El Canaán del Bronce Tardío II estaba organizado en ciudades-estado bajo dominio egipcio. Cada una reunía un centro gobernante y una red de aldeas, aunque su tamaño, densidad y composición social variaban. Los centros de las tierras bajas solían tener territorios relativamente pequeños y densamente poblados; algunos centros de montaña dominaban superficies mayores y menos pobladas. Siquem pertenece, junto con Jasor, a este segundo tipo. Su posición en las tierras altas de Samaria la convierte en un punto de observación útil para estudiar la relación entre montaña y llanura, densidad de asentamientos y capacidad de expansión (Finkelstein 2013, cap. 1, §1.1; Alt 1925b).
Tres procedimientos sostienen la reconstrucción del mapa político. El primero es la lectura de las cartas de Amarna, correspondencia diplomática del siglo XIV a. e. c. entre la corte egipcia y gobernantes de ciudades-estado cananeas. El segundo es el análisis petrográfico de la arcilla de las tablillas, que ayuda a ubicar la zona de producción o procedencia de ciertas cartas. El tercero es la arqueología de los asentamientos, especialmente su tamaño y la presencia de arquitectura pública. Finkelstein señala una correspondencia frecuente entre textos y yacimientos, aunque reconoce que el archivo de Amarna está incompleto. Su propuesta de reconstruir con él un mapa territorial razonable no elimina esa limitación (Finkelstein 2013, cap. 1, §1.1; Moran 1992; Goren, Finkelstein y Na’aman 2004).
Así se entiende la función de Siquem en el argumento general. El capítulo no busca un «origen» único y lineal de Israel. Busca comparar configuraciones políticas que pudieron formarse en una misma geografía bajo circunstancias diferentes. La pregunta por los antecedentes territoriales requiere mirar más atrás que la monarquía, y también impedir que la semejanza de un mapa se convierta, sin pruebas, en identidad de población o de instituciones.
Labayu y la política territorial del Bronce Tardío
Las cartas de Amarna permiten seguir las maniobras de Labayu, sus hijos, sus aliados y sus adversarios. Finkelstein lo trata como gobernante de Siquem, pero la precisión de su nota es decisiva: las cartas no afirman expresamente que Labayu y sus hijos gobernaran allí. La asociación se apoya en una referencia a la «tierra de Siquem» en EA 289, en el análisis petrográfico que sitúa las cartas de Labayu en las tierras altas centrales septentrionales y en una interpretación histórica de larga duración. Es, por tanto, una identificación argumentada, no una fórmula literal conservada en cada tablilla (Finkelstein 2013, cap. 1, §1.1.1 y n. 1; Goren, Finkelstein y Na’aman 2004).
Según la reconstrucción del capítulo, la coalición de Siquem alcanzaba diversas zonas costeras, montañosas y transjordanas. Entre sus aliados o posibles aliados figuran Guézer, Ginti-kirmil, Tel Yoqneam, Anaharat y Pehel. Meguidó y Rehob aparecen entre sus principales adversarios; Bet-seán era un centro egipcio cuya posición resultaba estratégica. Algunas adscripciones están mejor documentadas que otras, como muestran los «probablemente», «puede indicar» y «puede sugerir» del propio texto. La investigación no debe nivelarlas en una lista de hechos igualmente seguros (Finkelstein 2013, cap. 1, §§1.1.1.1–1.1.1.3; Finkelstein y Na’aman 2005).
En la interpretación de Finkelstein, el fértil valle de Jezreel era el objetivo que habría permitido a Siquem controlar una ruta internacional y una importante zona cerealera. Las presiones sobre Meguidó, Rehob y Bet-seán forman parte de esa reconstrucción estratégica. Finkelstein afirma que Labayu y sus hijos atacaron a los dos primeros centros y que parecen haber obtenido territorio en el extremo meridional del valle. La diferencia entre ataque atestiguado, alcance territorial inferido y objetivo estratégico reconstruido importa: cada afirmación descansa en un grado de apoyo distinto.
Labayu no es presentado como un «primer rey de Israel». Pertenece al sistema de ciudades-estado cananeas del siglo XIV a. e. c., bajo predominio egipcio, mucho antes del reino israelita de la Edad del Hierro. La analogía que interesa a Finkelstein es territorial: desde las tierras altas centrales podía surgir una entidad con capacidad de intervenir en valles y corredores. Confundir esta analogía con una genealogía política o étnica continua vaciaría de sentido el método comparativo del capítulo.
La larga duración y sus límites
En la Introducción, Finkelstein declara que estudiará el impacto del ambiente y los procesos de larga duración sobre la formación de entidades territoriales. También explica que su experiencia en prospecciones de las tierras altas lo llevó a pensar el poblamiento como un proceso cíclico, y menciona la influencia de los historiadores de los Annales, entre ellos Marc Bloch y Fernand Braudel (Finkelstein 2013, Introducción, §§1 y 3). En ese marco, la topografía deja de ser un fondo inmóvil: condiciona posibilidades de comunicación, cultivo, pastoreo, concentración urbana y control político.
Siquem, las tierras altas de Samaria, el valle de Jezreel y la ruta hacia Siria no importan porque reproduzcan siempre la misma frontera. Importan porque sus relaciones espaciales plantean problemas recurrentes a poderes distintos. Un centro montañoso puede intentar proyectarse hacia una llanura fértil; ciudades del valle pueden resistirlo; una potencia exterior puede sostener enclaves y alianzas. En otros siglos, nuevas poblaciones y nuevas instituciones pueden ocupar parte del mismo escenario. La persistencia de oportunidades geográficas no demuestra continuidad étnica, dinástica o estatal.
El propio capítulo ofrece controles a la analogía. Finkelstein admite que faltan textos para confirmar o refutar la permanencia de una gran entidad septentrional entre los siglos XIII y XI a. e. c. El relato de Abimélec en Jueces 9 podría guardar memoria de una realidad premonárquica vinculada con Siquem, pero el autor lo propone como pista, no como prueba directa de una institución política estable. Más adelante concluye que, aunque Silo y el relato de Abimélec ofrecen indicios de centros con influencia local, no hay pruebas de una gran entidad del Hierro I temprano comparable a la Siquem de Amarna (Finkelstein 2013, cap. 1, §§1.1.1.3 y 1.2.1.2). La larga duración sirve aquí para formular preguntas controlables, no para llenar automáticamente los vacíos documentales.
Del Bronce Tardío al Hierro I: dos trayectorias regionales
El final del Bronce Tardío tampoco se narra como una ruptura uniforme. Jasor fue destruida, probablemente en la segunda mitad del siglo XIII a. e. c.; otros centros, entre ellos los del valle de Jezreel y Bet-seán, continuaron durante casi un siglo. Una serie posterior de destrucciones afectó al sistema de ciudades-estado bajo dominio egipcio. Finkelstein considera que, en el valle de Jezreel, la red de asentamientos no colapsó por completo y deja abiertas distintas explicaciones para los episodios violentos, desde ataques de grupos de los Pueblos del Mar hasta conflictos locales. El capítulo distingue, por tanto, entre destrucción de ciudades, persistencia de poblaciones rurales y transformación política (Finkelstein 2013, cap. 1, §1.1.2).
En las tierras altas, una nueva oleada de asentamientos se aceleró durante los siglos XII y XI a. e. c. Finkelstein calcula un paso de alrededor de treinta yacimientos en el Bronce Tardío II a unos doscientos cincuenta en el Hierro I tardío; interpreta este aumento como una multiplicación de al menos cuatro veces de la población sedentaria. Son cifras derivadas de prospecciones y de la estimación de superficies edificadas, no un censo antiguo. La continuidad posterior de muchos asentamientos le permite relacionar esa oleada con el Israel temprano (Finkelstein 2013, cap. 1, §1.2.1; Finkelstein 1988; Faust 2006).
Los valles septentrionales siguieron otra dinámica. Sus poblaciones rurales muestran continuidad en varios sectores y los centros urbanos se recuperaron, hasta alcanzar una nueva prosperidad en el Hierro I tardío. Finkelstein llama «Nueva Canaán» a este resurgimiento de rasgos de cultura material y organización territorial cananeas. En Meguidó compara la ciudad del Bronce Tardío III con la del Hierro I tardío y subraya semejanzas de tamaño, disposición y edificios; la ciudad posterior del Hierro IIA presenta rasgos diferentes. Esta comparación arqueológica impide equiparar de forma automática «Hierro I» con un paisaje ya plenamente organizado como el reino israelita posterior (Finkelstein 2013, cap. 1, §1.2.2).
El sistema urbano de «Nueva Canaán» terminó mediante incendios en varios centros, aunque Finkelstein rechaza tratarlos como una única destrucción simultánea. Las determinaciones radiocarbónicas que cita parecen situar los episodios en distintos momentos del siglo X a. e. c.; por ello interpreta el final como un período de alteraciones prolongado durante décadas, antes que como el resultado demostrado de una sola campaña o de un único terremoto. La datación, en este punto, modifica la explicación histórica posible. Una cerámica semejante no basta para atribuir todos los estratos a un mismo acontecimiento (Finkelstein 2013, cap. 1, §1.2.2.2; Sharon et al. 2007; Finkelstein y Piasetzky 2009).
Arqueología, cronología y texto en una misma investigación
La Introducción explica por qué la cronología es una condición de la argumentación histórica. Los conjuntos cerámicos procedentes de estratos seguros establecen secuencias relativas; el radiocarbono aporta fechas absolutas sujetas a modelos e intervalos. Finkelstein recurre a un modelo basado en 229 determinaciones de 143 muestras, 38 estratos y 18 yacimientos, así como a una secuencia extensa de Meguidó. Advierte que las fechas de las fases se solapan y que las transiciones tienen márgenes amplios. No se trata de sustituir la lectura de los textos por una cifra infalible, sino de evitar que una cronología derivada de un relato bíblico ordene de antemano todos los estratos (Finkelstein 2013, Introducción, §2; Finkelstein y Piasetzky 2010, 2011).
Dentro de su propuesta cronológica, Finkelstein reasigna al siglo IX y al horizonte omrida determinados monumentos tradicionalmente asociados con la monarquía unida del siglo X. Esa tesis es parte de su marco interpretativo, expuesto ya en la Introducción; el desarrollo histórico de la dinastía pertenece a secciones posteriores de la obra. Para esta primera entrega importa su consecuencia metodológica: los reinos de Israel y Judá han de estudiarse como formaciones con trayectorias propias, mediante cronologías contrastables y sin convertir la imagen bíblica de una monarquía extensa en punto de partida indiscutido (Finkelstein 2013, Introducción, §2; Finkelstein 2010).
El capítulo 1 muestra esa práctica: combina cartas, análisis petrográfico de arcillas, topografía y excavación; distingue en Silo una fecha de destrucción de la identificación funcional de sus edificios; y confronta en Meguidó niveles sucesivos, cerámica y radiocarbono. La fuerza del método depende también de reconocer lo que ninguna fuente permite concluir.
Sobre esta traducción
La presente entrega ofrece en español la Introducción y el capítulo 1 a partir de la edición inglesa de 2013. Su finalidad es permitir una lectura atenta al vocabulario técnico, a las referencias y, sobre todo, al grado de certeza de cada enunciado. Los topónimos, las fases arqueológicas y las remisiones a cartas de Amarna se mantienen de forma consistente con la edición española preparada por Beit Ein Sof Academy. También se conserva la distinción que Finkelstein establece entre Judahite y Judean, así como entre «Israel» y «antiguo Israel».
Las formas verbales y los adverbios de probabilidad son parte del argumento. «Probablemente», «posiblemente», «parece», «propongo» y «puede haber» indican qué se observa, qué se infiere y qué se plantea como posibilidad. Suprimirlos volvería afirmación histórica una reconstrucción. Por eso, al presentar la coalición de Siquem, la función de Silo o las causas de una destrucción, el lector encontrará reservas que deben leerse como precisión académica, no como vacilación estilística. La nota editorial, la organización material y esta presentación corresponden a Beit Ein Sof Academy; el razonamiento histórico expuesto en los dos textos traducidos pertenece a Finkelstein.
Una guía para la lectura de esta primera entrega
La Introducción y el capítulo inicial contienen ya las preguntas que estructuran el libro. Primero, la necesidad de reducir el sesgo que produce leer el pasado septentrional exclusivamente desde una memoria redactada en el Sur. Segundo, la posibilidad de recuperar dimensiones de ese pasado mediante excavaciones y prospecciones. Tercero, el cruce crítico de textos, cultura material, geografía y cronología. Cuarto, la atención a las entidades territoriales y a las diferencias entre montaña y valle. Quinto, el uso controlado de comparaciones de larga duración. Por último, el reconocimiento de que una tradición bíblica puede conservar información histórica sin ofrecer una narración neutral ni contemporánea de todos los hechos que refiere.
Esta combinación explica por qué una historia del Reino del Norte empieza antes de que aparezca el reino. Siquem y el sistema cananeo del Bronce Tardío proporcionan un caso comparativo; las transformaciones del Hierro I muestran procesos de poblamiento y continuidades regionales distintos; la datación de sus fases permite situar el surgimiento posterior de Israel en una secuencia histórica menos dependiente de un esquema literario. El capítulo no identifica a los cananeos de Labayu con los israelitas de siglos posteriores. Enseña a formular la pregunta territorial que hará inteligible esa historia.
Los capítulos siguientes seguirán otras fases y protagonistas de la formación y trayectoria del Norte. Esta primera entrega se detiene deliberadamente en el escenario y en el método. Su aportación consiste en dar al lector los instrumentos para reconocer, en adelante, cuándo Finkelstein describe un hallazgo, cuándo interpreta un texto y cuándo propone una reconstrucción histórica.
Cuadro terminológico de la traducción
Referencia de la obra
Finkelstein, Israel. 2013. The Forgotten Kingdom: The Archaeology and History of Northern Israel. Ancient Near East Monographs 5. Atlanta: Society of Biblical Literature.


Deja un comentario