De las fuentes a la Torah: del modelo documentario a la historia editorial

Las letras J, E, P y D permiten representar los componentes del Pentateuco. Explicar cómo llegaron a formar una obra exige otra pregunta: qué procesos de composición, combinación y redacción pudieron relacionarlos. Dos visualizaciones de Beit Ein Sof Academy exploran ese cambio de escala y muestran que representar una hipótesis también puede servir para ponerla a prueba.

Introducción: una genealogía no es todavía una historia

La Hipótesis Documentaria suele presentarse mediante un esquema sencillo: varias fuentes confluyen hasta formar los cinco libros del Pentateuco. Las letras identifican los componentes; las líneas muestran sus combinaciones. Esa representación permite comprender una propuesta compleja, pero también puede hacer que su resultado parezca inevitable. Entre los documentos y la Torah quedan fuera de campo decisiones literarias, conflictos de interpretación y circunstancias históricas.

Las dos imágenes de nuestro proyecto responden a preguntas diferentes. La primera representa principalmente una arquitectura documental: qué materiales distinguimos y cómo pensamos su integración. La segunda intenta reconstruir una historia editorial: mediante qué operaciones esos materiales pudieron convertirse en una composición conjunta. El desplazamiento amplía la investigación sin volver innecesaria la primera pregunta.

Richard Elliott Friedman proporciona una reconstrucción especialmente apropiada para examinar ese tránsito. Sus obras relacionan la delimitación de fuentes con contextos religiosos, acontecimientos políticos y posibles agentes de composición. Sin embargo, sus propuestas deben distinguirse de nuestras decisiones de representación. Los gráficos de Beit Ein Sof Academy son reconstrucciones propias, no reproducciones de láminas publicadas por el autor.

Esta distinción tiene consecuencias. Una visualización puede expresar correctamente una relación general y, al mismo tiempo, introducir una fecha demasiado precisa o una etapa inexistente. Al intentar explicar cada conexión descubrimos que el dibujo también necesita crítica. La historia editorial del Pentateuco comienza, para nosotros, con una lectura más exigente de aquello que creemos estar representando.

1. La primera imagen: arquitectura documental

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Historia editorial. Reconstrucción visual de Beit Ein Sof Academy que distingue fuentes, elaboración deuteronomista y actividad editorial. D designa material deuteronómico; Dtr 1 y Dtr 2 remiten a ediciones de la Historia Deuteronomista. R¹/R²/R³ son una numeración pedagógica del proyecto. Las asociaciones con Jeremías/Baruc y Esdras o su entorno se presentan como propuestas de Friedman, no como identidades históricas demostradas.

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Arquitectura documental. Reconstrucción visual de Beit Ein Sof Academy basada en los modelos discutidos. Resume la combinación de J y E como JE y la integración de componentes sacerdotales y deuteronómicos en la Torah. Las conexiones condensan procesos literarios; las cronologías corresponden a hipótesis atribuidas. En la versión corregida, el resultado se identifica como Torah/Pentateuco, conservando J, E, P y D entre sus componentes.

Cómo leer estos diagramas

  1. Distinguir componentes y operaciones: una fuente, una edición y un redactor pertenecen a categorías diferentes.
  2. Reconocer las atribuciones: separar las propuestas de los autores de las decisiones de nuestro proyecto.
  3. Interpretar las fechas: preguntar si designan composición, revisión, reinado o actividad de un personaje.
  4. Respetar los límites: la proximidad gráfica y los extremos abiertos no establecen relaciones históricas.
  5. Volver a las fuentes: cada conexión debe poder explicarse y corregirse mediante argumentos verificables.

J, E, P y D designan componentes que la crítica documental distingue dentro del texto recibido. En la reconstrucción de Friedman, J y E son obras narrativas diferenciadas, asociadas respectivamente con Judá y con el reino septentrional de Israel. P identifica la fuente sacerdotal; D remite al material deuteronómico. Las letras condensan argumentos sobre características literarias y ambientes de producción, no nombres conservados en portadas de manuscritos antiguos.

Las denominaciones de J y E proceden de convenciones vinculadas con el nombre divino. Pero Friedman no sostiene la distinción exclusivamente sobre ese criterio. Examina también vocabulario, continuidad de relatos, intereses religiosos y orientaciones geográficas. La fuerza que atribuye a su reconstrucción depende de la convergencia de esos argumentos, no de una palabra aislada (¿Quién escribió la Biblia?, caps. 2–3).

JE representa la combinación de J y E. Su condición es diferente: identifica una integración propuesta, no otra fuente inicial equivalente a ambas. Algo semejante sucede con JEPD en nuestro primer esquema. La sigla funciona como abreviatura pedagógica de los componentes integrados. No la hemos localizado como categoría técnica de Friedman en los materiales examinados, aunque el autor sí describe la combinación de J, E, P y D en la Torah (p. 304).

La arquitectura resulta útil si conserva estas diferencias. Una fuente y una composición de fuentes no pertenecen al mismo nivel de análisis. Tampoco una línea significa necesariamente que alguien colocó dos obras completas una después de otra. Puede resumir selección, entrelazamiento, desplazamientos y escritura de conexiones. La simplicidad del esquema es una condición de su utilidad; deja de serlo cuando se confunde con la simplicidad del proceso histórico.

2. El problema del redactor

Identificar componentes dentro de una obra conduce a preguntar cómo se relacionaron. ¿Quién dispuso los materiales? ¿Qué recibió como texto ya constituido? ¿Qué conservó, trasladó o añadió? ¿Actuó una sola persona o hubo intervenciones sucesivas? La figura del redactor introduce esas preguntas y transforma una genealogía documental en un problema de historia literaria.

Un redactor no tiene que limitarse a reunir fragmentos. Puede modificar la manera en que se interpretan al integrarlos en una secuencia común. Un relato situado después de otro recibe un contexto nuevo; una ley incorporada a una historia adquiere una posición distinta; una contradicción conservada obliga a leer conjuntamente perspectivas que antes pudieron circular por separado.

Friedman examina esta creatividad editorial en The Exile and Biblical Narrative. Su análisis de la combinación de materiales de JE y sacerdotales insiste en que la Torah resultante no se agota en sus componentes. La yuxtaposición puede producir sentidos que ninguna fuente desarrollaba aisladamente. Los relatos de creación ofrecen un ejemplo de esa capacidad de síntesis literaria y teológica (1981, pp. 119–120).

Esto no elimina la diferencia entre autor y redactor. Un compositor puede utilizar tradiciones anteriores, mientras un editor puede escribir pasajes propios. La distinción señala funciones dentro de una reconstrucción: producir materiales y transformar la relación entre materiales recibidos. Al pasar a la segunda imagen, hacemos visible esa actividad. Las conexiones requieren ahora una explicación de sus procedimientos y contextos, además de identificar los documentos que enlazan.

3. De J y E a JE: textos en un mundo transformado

En ¿Quién escribió la Biblia?, Friedman sitúa J y E antes de la destrucción asiria del reino septentrional. Para J propone el intervalo 848–722 a.C., apoyándose, entre otros argumentos, en su interpretación de las referencias a la independencia de Edom. Esa datación pertenece a su reconstrucción; no debe presentarse como consenso general ni como fecha comprobada de cada pasaje (p. 114).

Para E, la formulación respaldada por nuestra revisión es «antes de 722 a.C.». No encontramos fundamento suficiente para añadir el límite exacto 750. Esta reducción de precisión conserva lo que las fuentes permiten afirmar y evita que un intervalo gráfico transmita una seguridad mayor que la argumentación utilizada.

La combinación de J y E se sitúa en un escenario posterior a la caída del Norte. Friedman propone que grupos desplazados hacia Judá pudieron llevar consigo sus tradiciones y documentos. La presencia de materiales septentrionales en un nuevo entorno ofrecería un contexto para su integración con las tradiciones vinculadas con J (pp. 114–117).

El acontecimiento político no documenta directamente la operación editorial. Proporciona una explicación histórica de su posibilidad. Friedman considera que ambas narraciones pudieron ser suficientemente conocidas para impedir que una sustituyera sin más a la otra. La integración habría permitido conservar tradiciones compartidas y diferencias significativas dentro de una misma composición.

Por eso nuestra formulación debe ser «combinación posterior a 722 a.C.», sin cerrar el proceso en 700 por una precisión no corroborada. El vínculo J/E → JE reúne una inferencia literaria y un escenario histórico. Comprender la segunda imagen exige distinguir ambos.

4. P y el problema sacerdotal

La fuente sacerdotal obliga a pensar una relación más compleja que la simple acumulación de materiales. Friedman interpreta P como una alternativa a JE, vinculada con intereses aarónidas. Sus argumentos examinan la posición de Aarón, la representación de Moisés y la organización de las relaciones entre sacerdotes, levitas y comunidad. La proximidad entre relatos puede coexistir con diferencias religiosas importantes.

En ¿Quién escribió la Biblia?, Friedman sitúa P después de 722 y antes de 609 a.C. A continuación propone el reinado de Ezequías como contexto probable de su composición (p. 293). Relaciona esa posibilidad con las condiciones del sacerdocio aarónida y reconoce que sus argumentos no constituyen una demostración absoluta de composición durante aquel reinado (pp. 297–298).

Los años 715–687 corresponden al reinado aproximado de Ezequías según esa obra, no a una fecha demostrada de P (p. 123). Colocarlos directamente bajo la fuente puede hacer desaparecer la diferencia entre un contexto regio y una datación literaria. La etiqueta más fiel debe mantener el intervalo propuesto para P o indicar el «contexto probable de Ezequías».

El asterisco de P* pertenecía a una formalización provisional de nuestra imagen. No lo localizamos como categoría técnica de Friedman en los materiales consultados; la representación académicamente corregida debe utilizar P. The Exile and Biblical Narrative sí distingue P¹ preexílica y P² exílica, pero esas categorías no equivalen a nuestro asterisco (p. 141).

La corrección importa porque una notación puede introducir una estratificación que el lector atribuya al autor. Antes de explicar una relación entre JE y P debemos saber qué significa cada etiqueta y qué versión de la reconstrucción estamos utilizando.

5. Deuteronomio y la Historia Deuteronomista

D, Dtr 1 y Dtr 2 no son tres documentos equivalentes colocados en sucesión. D remite al material deuteronómico. Dtr 1 y Dtr 2 designan, en la reconstrucción que Friedman desarrolla, ediciones de una obra histórica más extensa: la Historia Deuteronomista, que articula Deuteronomio con Josué, Jueces, Samuel y Reyes.

La distinción permite comprender por qué el problema supera los límites del Pentateuco. Josué–Reyes forman parte de la investigación sobre esa composición histórica, pero no son componentes de la Torah. Confundir ambas escalas puede hacer que una relación editorial parezca incorporar al Pentateuco una obra mucho mayor.

Friedman presenta una primera edición vinculada con Josías y anterior a su muerte en 609 a.C. Una segunda edición, posterior a la destrucción y el exilio de 587, reelabora la historia a la luz de la catástrofe. La lectura de la reforma josiana como culminación necesita entonces una nueva explicación del desenlace (¿Quién escribió la Biblia?, pp. 145–148, 197–200).

El relato del hallazgo del libro de la ley en el templo resulta central para esta reconstrucción. Su relación con un núcleo deuteronómico, particularmente el código legal, no demuestra que todo Deuteronomio naciera en ese momento ni que una edición histórica y sus materiales recibidos tengan la misma fecha (p. 145).

Por tanto, no corresponde representar Dtr 1 → Dtr 2 → D como si Deuteronomio apareciera después de ambas ediciones. Podemos representar la revisión de una historia previa, pero debemos mantener visible que esa historia utiliza y elabora materiales. Una relación gráfica entre D y Dtr necesita expresar esa función, en lugar de sustituirla por una secuencia engañosamente sencilla.

6. De los documentos a los procesos editoriales

La columna R¹/R²/R³ de nuestro proyecto distingue tres momentos de actividad editorial. Su numeración es una herramienta pedagógica propia, no terminología estándar de Friedman. Tampoco demuestra la existencia de tres individuos identificados ni establece una cronología proporcional entre todos los elementos del esquema.

R¹ permite señalar la combinación de J y E. R² reúne el problema de la actividad deuteronomista en sus horizontes josiano y exílico. R³ introduce la redacción final vinculada, en la propuesta de Friedman, con Esdras o alguien próximo a él. Estas actividades cumplen funciones diferentes; no son tres repeticiones de una misma operación.

Aquí conviene precisar el vocabulario. Una fuente es un material utilizado por otra composición. Un documento designa una unidad escrita cuya extensión se reconstruye mediante argumentos. Una edición supone una intervención sobre materiales recibidos. La compilación reúne componentes, aunque el término no describa por sí solo las transformaciones realizadas. La redacción incluye decisiones de integración y revisión.

La expresión «forma final» también requiere una referencia. En este artículo designa la configuración del conjunto pentateucal dentro del modelo discutido. No significa que toda copia posterior careciera de variantes ni que la historia de transmisión terminara con esa configuración.

La segunda imagen resulta más informativa cuando sus categorías permiten distinguir estas operaciones. Su mayor complejidad no debe proceder únicamente de añadir nombres y fechas. Debe permitir formular preguntas que el primer esquema condensaba: qué fue recibido, qué fue revisado y qué tipo de resultado produjo cada intervención.

7. Jeremías, Baruc y la actividad deuteronomista

Friedman relaciona la Historia Deuteronomista con Jeremías y Baruc. La identificación se apoya en su lectura de afinidades literarias, perspectivas religiosas y circunstancias biográficas. Es una propuesta histórica del autor, no una identidad demostrada mediante un testimonio contemporáneo que describa la composición de la obra.

En ¿Quién escribió la Biblia?, considera posible que las dos ediciones procedan de una misma persona. La primera habría sido producida antes de la muerte de Josías; la segunda, después de la destrucción babilónica. La proximidad temporal permite, en su argumento, que un escritor revisara su propia obra ante acontecimientos que transformaban su interpretación (pp. 196–198).

Friedman desarrolla después la asociación con Jeremías y reconoce el papel de Baruc. Propone entender los escritos como una colaboración: Jeremías aporta inspiración profética y Baruc participa como escriba y escritor que interpreta la historia mediante esos conceptos (pp. 198–200). La formulación debe conservar la atribución y el carácter hipotético de la identificación.

Limitar esa actividad a «Jeremías — 640–609» elimina precisamente el horizonte exílico necesario para explicar Dtr 2. La columna editorial debe distinguir la edición josiana anterior a 609 de la revisión posterior a 587. Los dos horizontes pertenecen a la actividad que Friedman intenta reconstruir.

Esto tampoco convierte a Jeremías o Baruc en combinadores demostrados de todas las fuentes pentateucales. La identificación propuesta corresponde al problema deuteronomista. Sus posibles conexiones con otros materiales necesitan argumentos propios; no pueden nacer de la proximidad de un nombre a una flecha.

8. Esdras y la redacción final

La pregunta por la integración final tiene un alcance diferente. Friedman distingue al escritor de P del redactor que combina materiales sacerdotales con JE e incorpora Deuteronomio. El hecho de que ambos compartan intereses aarónidas no significa que hayan sido la misma persona ni que sus objetivos literarios coincidan.

El escritor sacerdotal pudo producir una alternativa a otros relatos. El redactor posterior debe integrar perspectivas diferentes dentro de una obra común. Friedman utiliza esa distinción para explicar por qué la autoría de P y la configuración de la Torah necesitan investigaciones separadas (¿Quién escribió la Biblia?, pp. 304–308).

Su propuesta identifica al redactor final con Esdras. La argumentación considera su condición sacerdotal, su actividad escribal, su acceso a documentos y su autoridad para enseñar e imponer la ley. Sin embargo, Friedman reconoce que esos elementos no demuestran absolutamente la identidad y admite como alternativa a alguien muy próximo a su entorno (p. 313).

La expresión «Esdras o alguien de su entorno» recoge, por tanto, tanto la fuerza como el límite de su propuesta. Evita reducirla a una posibilidad incidental y evita convertirla en un hecho establecido.

Friedman fecha la llegada de Esdras a Judá en 458 a.C. y relaciona la Torah que llevaba con materiales J, E, D y P (pp. 216–217). La fecha biográfica no equivale automáticamente al momento exacto de composición. Para nuestro esquema resulta más apropiado indicar «siglo V a.C., según la reconstrucción de Friedman». Ese horizonte contextualiza la integración sin atribuir al autor una precisión literal que no hemos corroborado.

9. El modelo de Friedman también tiene una historia

Hablar del «modelo de Friedman» puede ocultar diferencias entre sus obras. The Exile and Biblical Narrative y ¿Quién escribió la Biblia? comparten problemas y argumentos, pero no ofrecen exposiciones idénticas de la historia sacerdotal ni de la integración final.

En la obra de 1981, Friedman distingue una primera etapa sacerdotal en respuesta a la edición josiana de la Historia Deuteronomista y una segunda exílica. Su apéndice identifica los textos preexílicos como P¹ y los exílicos como P². El editor sacerdotal del exilio ocupa un lugar decisivo en la integración de materiales (pp. 44, 119–120, 141).

En ¿Quién escribió la Biblia?, sitúa P antes de 609 y favorece el contexto de Ezequías. Defiende además una narrativa sacerdotal separada, continua y consistente, diferenciada de la actividad del redactor final. Esdras proporciona el horizonte histórico de esa última identificación (pp. 293–298, 307–308, 313).

Cambian así aspectos de la posición relativa de P, su caracterización literaria y el papel del exilio. También cambia la contextualización de la integración final. La discusión de 1981 admite que Deuteronomio pudo unirse al conjunto en la operación exílica o posteriormente; la otra obra desarrolla la atribución a Esdras (1981, p. 133).

Una representación debe declarar qué formulación sigue. Combinar etiquetas de distintas obras puede producir un modelo que ningún pasaje del autor sostiene exactamente. Reconocer esa evolución permite leer a Friedman como investigador que modifica una reconstrucción, no como proveedor de un esquema inmóvil.

10. Lo que la visualización permitió descubrir

La revisión de nuestras imágenes produjo un ejemplo concreto de crítica conceptual. El primer gráfico contenía la transición JEPD → JPD. Su apariencia de continuidad podía sugerir una forma final integrada por J, P y D, después de la desaparición de E. Al exigir una explicación documental para esa operación, encontramos que no tenía fundamento en la reconstrucción examinada.

La evidencia de Friedman señala lo contrario: la integración final conserva E entre los componentes, a través de JE. Su descripción de la Torah de Esdras y de la labor del redactor incluye J, E, P y D (¿Quién escribió la Biblia?, pp. 217, 304, 324). Si JPD pretendía indicar una etapa final sin E, constituía un error de nuestra representación.

El resultado académico correcto debe expresarse como Torah o Pentateuco, con la integración de las cuatro fuentes. JEPD puede conservarse como abreviatura explicativa propia, pero no justificar otra etapa que el modelo no documenta.

El interés metodológico del hallazgo supera la corrección de una letra. Primero representamos una hipótesis; después intentamos explicar sus relaciones con mayor precisión; esa exigencia nos devolvió a las fuentes y reveló una operación inexistente. La visualización hizo explícito un supuesto que podía pasar inadvertido.

Las imágenes pueden funcionar así como instrumentos de investigación. Al separar elementos y relacionarlos, permiten preguntar qué sostiene cada conexión. Su utilidad depende de aceptar que esa prueba puede obligarnos a cambiar el dibujo, en lugar de buscar una explicación que lo conserve a cualquier precio.

11. Los límites de una historia dibujada

Una línea en un diagrama puede ser mucho más firme que la hipótesis histórica que pretende representar. La nitidez gráfica no distingue automáticamente entre un argumento textual, una datación probable y una identificación personal discutible. Esa distinción debe mantenerse mediante lenguaje, referencias y categorías.

El caso JPD muestra una relación equivocada. Otros problemas son más sutiles. Una fecha regia colocada bajo P puede parecer una fecha de composición. Una serie R¹/R²/R³ puede sugerir tres autores conocidos. Un recorrido entre ediciones puede hacer que un material recibido parezca su resultado. La claridad visual puede coexistir con una explicación histórica insuficiente.

Por ello necesitamos distinguir hipótesis literaria y reconstrucción histórica. La primera intenta explicar características de los textos mediante componentes e intervenciones. La segunda relaciona esos resultados con instituciones, acontecimientos y personas. Pasar entre ambas requiere justificar inferencias adicionales.

Las conexiones abiertas de nuestra visualización tampoco pueden completarse mediante plausibilidad. Si un trazo carece de destino establecido, un relato coherente sobre Jeremías o Esdras no lo convierte en evidencia. La representación debe conservar el límite o reformularse tras una decisión fundamentada.


Ambas imágenes son modelos heurísticos. La primera ayuda a reconocer componentes; la segunda permite investigar operaciones. Su relación expresa una ampliación de escala, no una garantía de certeza creciente. Añadir detalle solo mejora el conocimiento cuando también permite distinguir qué sabemos, qué propone un autor y qué estamos formalizando nosotros.

12. De Friedman a Gmirkin: confrontar modelos

El proyecto Friedman + Gmirkin utiliza inicialmente la reconstrucción documentaria como mapa analítico. Ese mapa permite distinguir materiales y preguntar por sus fechas y relaciones. Pero su cronología no constituye una base neutral que toda comparación externa deba aceptar.

Russell E. Gmirkin propone una composición helenística del Pentateuco. En Berossus and Genesis, Manetho and Exodus la sitúa aproximadamente en 273–272 a.C. y desarrolla argumentos sobre dependencias respecto de Beroso y Manetón, asociados con un contexto alejandrino (2006, cap. 1). En Plato’s Timaeus and the Biblical Creation Accounts amplía la comparación con materiales platónicos y otras tradiciones de creación (2022, introducción).

Estas propuestas cuestionan también la cronología documentaria. No consisten simplemente en añadir fuentes griegas a documentos que mantienen intactas las fechas de Friedman. Una dependencia literaria demostrada podría obligar a revisar la datación del material que la utiliza; por eso la dirección y el alcance de la relación son decisivos.

«Friedman + Gmirkin» designa aquí una confrontación de modelos, no una síntesis demostrada. Antes de comparar debemos precisar la unidad de análisis: un pasaje atribuido a J, un conjunto sacerdotal, una intervención editorial o una composición más extensa. También debemos distinguir dependencia directa, tradición compartida y semejanza temática.


Este artículo no resuelve ese debate. Establece una condición para abordarlo: comprender que los componentes y los procesos son preguntas diferentes, relacionadas entre sí. La segunda imagen prepara una investigación más exigente sobre cómo una propuesta cronológica interna responde al encuentro con posibles fuentes externas.


Conclusión: representar para preguntar mejor

Las dos preguntas continúan siendo necesarias: qué componentes distinguimos y mediante qué procesos pudieron integrarse. Entre ellas se abre el problema histórico-literario de la Torah. Una representación académica cumple su función cuando permite formularlo con claridad y cuando permanece dispuesta a corregirse ante las fuentes.

El tránsito de la primera imagen a la segunda conserva la arquitectura documental y la convierte en punto de partida para investigar una historia editorial. Las letras permiten distinguir materiales; los procesos obligan a explicar su relación. Combinación, revisión y redacción final dejan de aparecer como una única operación resumida.

Ese desplazamiento exige mantener visibles las diferencias entre documentos, ediciones y agentes. También obliga a atribuir las cronologías y a reconocer que una reconstrucción puede cambiar entre las obras de un mismo investigador. La precisión consiste en ajustar cada afirmación al alcance de sus argumentos.

La corrección de JPD mostró que representar una hipótesis puede servir para examinarla. El dibujo hizo explícita una operación; la lectura de las fuentes permitió rechazarla. La imagen dejó así de funcionar únicamente como ilustración de una explicación previa.

Bibliografía utilizada

  • Friedman, Richard Elliott. ¿Quién escribió la Biblia? Copia digital española utilizada en el proyecto.
  • Friedman, Richard Elliott. 1981. The Exile and Biblical Narrative: The Formation of the Deuteronomistic and Priestly Works. Harvard Semitic Monographs 22. Scholars Press.
  • Gmirkin, Russell E. 2006. Berossus and Genesis, Manetho and Exodus: Hellenistic Histories and the Date of the Pentateuch. Library of Hebrew Bible/Old Testament Studies 433. T&T Clark.
  • Gmirkin, Russell E. 2022. Plato’s Timaeus and the Biblical Creation Accounts: Cosmic Monotheism and Terrestrial Polytheism in the Primordial History. Routledge.

Nota de paginación: las referencias a ¿Quién escribió la Biblia? corresponden a las páginas rotuladas de la copia española proporcionada, preparada sin fines comerciales y sin datos editoriales completos. No deben trasladarse automáticamente a otra edición.

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