Adam, Amalek y Gaza: qué hace una tradición con sus textos más duros

Nota de la redacción: este artículo surge del trabajo de traducción de ʿEmek ha-Melekh (Ámsterdam, 1648) que llevamos adelante en Beit Ein Sof Academy. No es un análisis militar ni jurídico de la guerra en Gaza, sino una reflexión sobre cómo ciertos textos de la tradición judía han sido leídos, neutralizados y, en ocasiones, reactivados.

Un pasaje incómodo

Al traducir el capítulo cuarto de la primera puerta de ʿEmek ha-Melekh, la gran suma de cábala luriánica de Naftali Hertz Bacharach, encontramos un pasaje que se detiene en la creación del hombre. El autor acaba de explicar que el alma está hecha de letras de luz, y continúa:

«Y sobre esto se dice: “Y vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, sois adam” (Ez 34,31). Y dijeron nuestros sabios: “Vosotros sois llamados adam”, del lado del alma de Adam ha-Rishon, “y las naciones del mundo no son llamadas adam”, porque no tienen neshamah del Adam superior y santo, sino que tienen nefesh del Adam Beliyaʿal impuro […]. Y aunque todos nacieron de Adam ha-Rishon y son nuestros hermanos por el lado del cuerpo, no lo son por el lado del alma.»

ʿEmek ha-Melekh, puerta 1, cap. 4 (folio 3d)

Leído hoy, el pasaje inquieta. Afirma una jerarquía de almas entre judíos y no judíos, y lo hace en un lenguaje —puro e impuro, santo y demoníaco— que fácilmente se desliza hacia la deshumanización. Lo hemos traducido sin atenuarlo, porque la fidelidad al texto es la primera obligación de una edición. Pero traducir no es suscribir, y un texto así merece algo más que una nota al pie.

Este artículo propone leerlo junto a otro texto, mucho más antiguo y mucho más citado en los últimos años: el mandato bíblico de borrar a Amalek. Ambos plantean la misma pregunta: ¿qué hace una tradición con aquellas de sus palabras que, tomadas al pie de la letra, niegan la plena humanidad del otro? Y la pregunta dejó de ser académica cuando, en octubre de 2023, el nombre de Amalek volvió a pronunciarse en el contexto de una guerra real.

Dos textos, dos operaciones distintas

Conviene empezar por distinguir. El pasaje de Bacharach y el mandato de Amalek no hacen lo mismo.

El texto de Bacharach es ontológico. Parte de una discusión talmúdica técnica: en Yevamot 61a, Rabí Shimʿon bar Yoḥai se pregunta si la tumba de un no judío transmite impureza ritual «en la tienda», y concluye que no, porque el versículo que regula esa impureza (Nm 19,14) dice adam, y Ezequiel llama adam a Israel. Es una lectura legal de una palabra, con consecuencias para las leyes de pureza. La cábala, desde el Zohar, transformó esa distinción jurídica en una doctrina sobre el origen de las almas, que Bacharach reproduce y que reaparecerá, con matices, en Ḥayyim Vital y en el Tanya jasídico (1796). No ordena ninguna acción: describe una supuesta diferencia de naturaleza. Y el propio autor introduce un freno: todos descienden del mismo Adán, y los demás pueblos son «nuestros hermanos por el lado del cuerpo».

El texto de Amalek es un mandato. Amalek ataca a Israel en el desierto (Ex 17,8–16), golpeando a los rezagados, «los débiles que iban detrás» (Dt 25,18). El Deuteronomio ordena: «Recuerda lo que te hizo Amalek […] borrarás la memoria de Amalek de debajo del cielo; no lo olvides» (Dt 25,17–19). Y en 1 Samuel 15 la orden se vuelve total: Saúl debe destruir a Amalek, «hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y ovejas». Saúl desobedece a medias y pierde el reino por ello. Es, sin eufemismos, un texto de exterminio.

Separadas, las dos operaciones son manejables: una doctrina sobre almas que no manda nada, y un mandato antiguo sobre un pueblo que ya no existe. El peligro aparece cuando se juntan, es decir, cuando se identifica a un enemigo presente con Amalek y, a la vez, se le atribuye una naturaleza espiritual distinta. Entonces el mandato encuentra un destinatario, y la doctrina le ofrece una justificación.

Cómo la tradición desactivó a Amalek

Lo notable es que la propia tradición rabínica trabajó durante siglos para que esa unión no se produjera. Lo hizo por varias vías.

La vía jurídica: Amalek ya no es identificable. La Mishná (Yadayim 4,4) cuenta que un amonita converso pregunta si puede casarse con una judía, pese a la prohibición bíblica. Rabí Yehoshúa responde que sí, porque «Senaquerib, rey de Asiria, subió y mezcló a todas las naciones». La deportación asiria borró las genealogías: ya no se sabe quién desciende de quién. El mismo razonamiento (TB Berakhot 28a) fue aplicado por la tradición posterior a Amalek: el mandato sigue escrito, pero su destinatario es imposible de determinar. Maimónides, que mantiene el precepto en su código, establece además que a toda nación, incluida Amalek, debe ofrecérsele primero la paz (Hilkhot Melakhim 6,1).

La vía ética: la incomodidad del Talmud. El Talmud (Yoma 22b) pone en boca de Saúl una objeción que ningún lector moderno podría formular mejor: «Si los hombres pecaron, ¿qué pecaron los animales? Si los adultos pecaron, ¿qué pecaron los niños?». Una voz celeste lo reprende, pero la pregunta quedó escrita, y los rabinos decidieron conservarla.

La vía espiritual: Amalek está dentro. La cábala y el jasidismo llevaron a Amalek hacia el interior del alma. El valor numérico de עמלק (Amalek) es 240, el mismo que ספק, «duda»: Amalek es la duda que enfría la fe, la soberbia, la indiferencia. «Borrar a Amalek» pasa a significar combatir lo amalecita en uno mismo. Es la lectura que se repite cada año en el sábado de Zakhor, antes de Purim.

Y aquí hay una ironía que conviene notar: la misma cábala que espiritualiza a Amalek es la que, en pasajes como el de Bacharach, ontologiza la diferencia entre almas. La tradición no es un bloque. Contiene a la vez los recursos para deshumanizar y los recursos para impedirlo.

Cuando el nombre regresa

El 7 de octubre de 2023, Hamás atacó el sur de Israel, mató a unas 1.200 personas y tomó alrededor de 250 rehenes. Días después, al anunciar la ofensiva terrestre, el primer ministro Benjamín Netanyahu dijo: «Recuerden lo que les hizo Amalek. Nosotros recordamos y combatimos». La frase cita Deuteronomio 25, el mismo versículo que figura en Yad Vashem.

Sudáfrica incluyó esa cita en la demanda que presentó en diciembre de 2023 ante la Corte Internacional de Justicia, como indicio de intención genocida, y la asoció con 1 Samuel 15. La oficina de Netanyahu respondió que la acusación era «falsa y absurda», que la referencia apuntaba a Hamás y no a los palestinos, y que el versículo se lee en memoriales del Holocausto sin que nadie lo entienda como una incitación. La defensa israelí ante la Corte sostuvo lo mismo.

Ambas lecturas tienen algo de verdad, y precisamente por eso el episodio es instructivo. Es cierto que «Recuerda lo que te hizo Amalek» es, en la liturgia judía contemporánea, ante todo una fórmula de memoria frente a la violencia sufrida. Pero también es cierto que una palabra no elige a sus oyentes. Dicha por un jefe de gobierno en el umbral de una guerra, la palabra «Amalek» llega también a quienes conocen 1 Samuel 15 y no Yadayim 4,4; a quienes no han oído hablar de Senaquerib, pero sí de un mandato que no distingue entre combatientes y niños. La neutralización rabínica funciona dentro de la tradición que la conoce; fuera de ella, el texto vuelve a estar desnudo.

Gaza, hoy

Tres años después, el balance es abrumador. Según las autoridades sanitarias locales, citadas por la UNRWA, la guerra había causado hasta septiembre de 2026 casi 74.000 muertos palestinos. El alto el fuego anunciado el 10 de octubre de 2025, en el marco del plan de paz respaldado por la resolución 2803 del Consejo de Seguridad, puso fin a la fase más intensa, pero no a la muerte: OCHA registra más de 1.400 palestinos muertos desde entonces. Las fases del plan que debían traer el desarme de Hamás, la retirada israelí y una fuerza internacional de estabilización no se han aplicado; Israel controla todavía buena parte del territorio, el acceso a cerca de dos tercios del suelo de Gaza sigue restringido y la mayoría de la población depende de la ayuda para comer y beber.

La pregunta jurídica sigue abierta. En enero de 2024 la Corte Internacional de Justicia ordenó medidas provisionales al considerar «plausibles» algunos de los derechos invocados por Sudáfrica, pero no se ha pronunciado sobre el fondo. Israel presentó su contramemoria en marzo de 2026, y la Corte fijó plazos para un segundo intercambio de escritos que se extiende hasta 2029. Gobiernos, juristas, organismos de la ONU y organizaciones de derechos humanos están profundamente divididos sobre si lo ocurrido constituye genocidio; Israel lo niega y sostiene que actúa en legítima defensa contra una organización que se oculta entre civiles. Este blog no puede resolver esa cuestión, y no pretende hacerlo.

Lo que sí podemos decir, desde nuestro oficio, es algo más modesto y, quizá, más útil: las palabras con las que se nombra al enemigo no son inocentes. Cuando un adversario militar se convierte en «Amalek», se le traslada a un orden en el que las distinciones —entre combatiente y civil, entre adulto y niño— que el derecho humanitario y la propia ética rabínica exigen dejan de parecer obligatorias. Y cuando a esa figura se suma la idea de que el otro tiene un alma de distinta naturaleza, el camino hacia la deshumanización queda trazado. No hace falta suponer que alguien lo recorra deliberadamente: basta con que el lenguaje lo vuelva pensable.

No es una hipótesis abstracta. En 2009, el libro Torat ha-Melekh, escrito por un rabino de un asentamiento de Cisjordania, justificó en términos halájicos la muerte de no judíos, incluidos niños, en determinadas circunstancias. Fue respaldado por algunas figuras rabínicas y condenado por muchas otras. Muestra lo que ocurre cuando la lectura ontológica y la lectura literal se dan la mano.

Lo que este texto no autoriza

Hay dos conclusiones fáciles, y ambas son falsas.

La primera dice: «el judaísmo es una religión que manda exterminar al otro». Es falsa porque ignora siglos de interpretación que convirtieron el mandato de Amalek en letra muerta o en combate interior; porque ignora que la tradición conserva, junto a Ezequiel 34, el «amarás al extranjero» repetido una y otra vez en la Torá y la enseñanza de que todos los seres humanos fueron creados a imagen de Dios (Gn 1,27; Mishná Sanhedrín 4,5); y porque reproduce, consciente o no, un antiguo tópico antisemita. Atribuir a los judíos en su conjunto, o al judaísmo como tal, la responsabilidad por las decisiones de un gobierno es exactamente el tipo de esencialización que este artículo critica.

La segunda dice: «son solo textos antiguos, no tienen consecuencias». También es falsa. Los textos que una comunidad considera sagrados forman su imaginación moral, y la imaginación moral precede a la acción. Que la tradición haya sabido desactivar a Amalek no garantiza que esa desactivación sobreviva en cada generación; hay que renovarla, enseñarla y defenderla, sobre todo cuando el miedo y el duelo vuelven atractivas las lecturas literales.

Por eso, al editar un texto como ʿEmek ha-Melekh, no basta con traducir bien. Hay que mostrar de dónde viene cada afirmación, qué hizo con ella la tradición y qué otras voces la contradicen. El pasaje de Bacharach sobre las almas no es la última palabra de la cábala sobre la humanidad del otro, del mismo modo que 1 Samuel 15 no es la última palabra de la Biblia sobre la guerra. Pero ambos están ahí, y quien los lee —en una yeshivá, en una corte internacional o en un blog— tiene la responsabilidad de no leerlos solos.


Fuentes

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